La alarma suena exactamente a las 6:17 de la mañana.
No a las 6:15.
No a las 6:20.
A las 6:17 de la mañana.
Porque Annie Moreau es una persona que toma decisiones impulsivas… pero extremadamente específicas.
—Cinco minutos más… —murmura enterrando la cara en la almohada.
Silencio.
Abre un ojo.
Se espanta y se levanta.
— ¡No, mejor no! Si me quedo dormida voy a soñar que llego tarde a la escuela y me voy a poner muy nerviosa.
Se sienta de golpe. Cabello platino revuelto, pijama exageradamente gigante y cara de universitaria funcional pero intensa y dramática a la que no se le olvida la cabeza sólo porque la trae pegada al cuerpo.
El departamento en la Colonia Del Valle aún huele a nuevo. Bueno… nuevo en el sentido de “recién habitado”, porque el edificio definitivamente vivió los 90 con intensidad.
Desde la cocina se escucha el sonido perfectamente medido de una cafetera cerrándose. Annie se congela al ver la escena:
—No puede ser, ¿ella ya está despierta?
Sale de su cuarto arrastrando los pies como si el cuerpo le pidiera seguir en cama otro rato más y la ve. En la cocina, impecable incluso a esa hora, está Evelyn Moreau. Cabello rubio platino perfectamente sujeto con un llamativo listón rojo. Suéter blanco de cuello alto. Jeans impecables. Postura recta como si la estuvieran evaluando todo el tiempo.
—Buenos días, Annie —dice sin voltearse—. Son las 6:22. Si sales a las 7:05, el tráfico en División del Norte aún será tolerable.
Annie parpadea y no lo puede creer:
—¿Cómo sabes eso con tanta precisión?
Evelyn finalmente la mira. Sonríe suave.
—Lo vi en las noticias.
(En realidad, ella observó todo. Calculó patrones de flujo vehicular y peatonal durante dos semanas exactas con demasiada atención para una persona normal. En fin, nada importante.)
—Tú das miedo a veces —dice Annie abriendo el refri.
—Disciplina no es lo mismo que miedo.
—Mmm… no te creo.
Annie saca el jugo, lo huele, lo vuelve a guardar.
—¿No te pesa despertarte tan temprano aunque trabajes desde casa?
—No trabajo “desde casa”. Tengo reuniones.
—Ya, pero siempre son “reuniones”. Nunca dices con quién.
Evelyn toma un sorbo de café.
—Clientes. Lo normal.
Silencio.
Annie la mira con sospecha como si algo le estuviera ocultando.
—Un día voy a descubrir que quizá hagas algo muy turbio que no quieres que sepa.
Evelyn casi escupe su café. Casi.
—¡Annie!
—Jajaja, es una broma.
Annie se deja caer en la silla.
—Extraño la casa de mamá, al menos ahí el refri se llenaba mágicamente.
—Se llenaba porque alguien hacía despensa cada semana.
—Sí, pero no era yo.
Evelyn la ve y suspira con paciencia calculada. Traer a su hermana a vivir con ella en el sur de la Ciudad de México fue idea de Evelyn. “Más práctico”, dijo. “Más cerca de todo”, dijo.
Lo que Annie no sabe es que también está muy cerca del Centro Histórico… y de algo que no le gustaría descubrir.
Pero ella en lo único que piensa (y agradece) es que ya no tiene qué lidiar con el Periférico todas las mañanas para salir de Echegaray y pasar media hora de su vida atrapada en el trayecto entre Lomas Verdes y el Toreo de Cuatro Caminos… y ni se diga de ahí a Santa Fe.
—¿Ya te estás adaptando? —pregunta Evelyn, más suave.
Annie se encoge de hombros.
—Supongo… A veces me siento como si estuviera jugando a ser adulta, ¿sabes? Como que en cualquier momento alguien va a tocar la puerta y decir “señorita, esto es un simulacro”.
Evelyn la observa. Hay algo protector en su mirada.
—Lo estás haciendo bien.
—¿Sí?
—Sí.
Annie sonríe, pequeña pero sincera… pero cuando mira el reloj… siente el verdadero terror:
—¡SON LAS 6:41! ¿Por qué el tiempo corre diferente aquí?
—Porque te distraes hablando.
—Qué grosera.
Annie corre a su cuarto y todo se vuelve un caos: ropa volando, cosas cayendo al suelo… y un grito de “¡¿dónde están mis botas favoritas?!” dramático como si el destino del mundo dependiera de ello. Y mientras el caos ocurre, en la cocina Evelyn recoge las tazas con toda tranquilidad como si fuera algo rutinario. En ese momento, su teléfono vibra y aparece un extraño mensaje:
“Reunión adelantada. 09:30. Confirmar.”
Evelyn lo mira apenas un instante, voltea a ver a todos lados y responde con total discreción:
“Confirmado.”
Y justo cuando termina de contestae, Annie aparece de nuevo, ya vestida con una sudadera negra con capucha, jeans azules rotos ultra claros y sus botas blancas favoritas, intentando verse despreocupada y tranquila pero claramente esforzándose demasiado.
—¿Me veo muy preocupada?
Evelyn la observa y simplemente le dice:
—Te ves bien.
—Eso no responde mi pregunta.
—Annie.
—Ok, ok. Ya entendí.
Finalmente se pone su mochila, toma las llaves y se prepara para salir. Pero antes de irse se detiene y le dice a su hermana:
—Gracias por dejarme venir a vivir contigo.
Evelyn parpadea, ligeramente tomada por sorpresa y sólo responde:
—No olvides que es tu casa también.
—Sí, pero aún así gracias. Te quiero.
Evelyn sonríe.
—No olvides mandarme mensaje cuando llegues.
—Sí, mamá- responde Annie con claro desgano.
—Annie.
—¡OK, OK, ya me voy!
La puerta se cierra. Silencio.
Evelyn se queda sola en el departamento perfectamente ordenado. Mira el reloj.
Son lad 6:58 a.m.
Tiene exactamente dos horas y treinta y dos minutos antes de su “reunión”.
Sonríe apenas.
—Será un día tranquilo.
